martes, junio 12, 2007

Principios Rectores del Acto Analítico

A aquellos que les pique la curiosidad por el psicoanálisis, les dejo estas palabras de Eric Laurent. Aclaro que el resaltado en verde es mío.


Preámbulo
Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la Delegada General presentó una "Declaración de principios" ante la Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten.


Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.

Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.

Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.

Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el "lugar del Otro", como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.
Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.

Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.

Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define "a medida". Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.

Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser "para todos". En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa.
El sexo, en el ser hablante, remite al "no todo".

Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica) Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.

La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un "pase", como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica.

Traducción: Carmen Cuñat

Fuente: AMP Blog

domingo, junio 10, 2007

Sobre el Psicoanálisis

Me parece interesante la visión de personas muy maduras que llegan a definir algo por lo que no es, o mediante aproximaciones por las fronteras de eso que si se dice, deja de ser lo que se quería transmitir. Lean a Jesús intentando explicarle a los que lo escuchaban lo que era para él el "Reino de los Cielos" mediante muchas parábolas. También tenemos el caso de Lao Tse, afirmando:
"El Tao llamado Tao
no es el Tao eterno.
El nombre que puede ser nombrado
no es el verdadero nombre.

El principio del cielo y de la tierra
no tiene nombre."

Tal vez algo relacionado con esto sea lo que entendí de una explicación que le dieron a mi compañera en la facultad de psicología referida a las definiciones; era más o menos así: "Llamamos 'mesa' a una mesa, porque no es el techo, ni un lápiz, ni una carpeta, ni un bolígrafo, ni..." (ni nada que no sea una mesa).

Dejo a continuación un Fragmento del trabajo “Intervención sobre la interpretación”, incluido en Encuentro de Buenos Aires. El efecto mutativo de la interpretación psicoanalítica, compilación de Juan Carlos Stagnaro y Dominique Wintrebert (Ed. Polemos).
Este fragmento lo saqué de Página 12

El que sabe que no sabe lo que dice

Por Jacques-Alain Miller (Psicoanalista. Delegado general de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Presidente del Instituto del Campo Freudiano)

Preguntémonos cuáles son los grandes usos de la palabra en el vínculo social. 1) Está la palabra que manda. El que manda habla primero. El otro obedece, se conforma, se somete, hace lo que se le dice. “Ve”, dice el amo, y el servidor va. Así se expresa un antiguo texto babilónico. 2) Está la palabra que comunica, que enseña, que informa, es decir que impone al otro una forma, un estándar, que trasega saberes. Al que recibe le toca conformarse. 3) Y está la palabra que expresa. Bajo sus formas primarias parece desconocer todo destinatario; pero, fundamentalmente, expresarse es dirigirse a otro, quejarse, reivindicar, pedir a otro que tiene lo que a uno le falta, forzar la escucha. Pienso en el alto funcionario ruso puesto en escena por Gogol, que se ofende cuando su subordinado le dirige la palabra: “¿Cómo se atreve? (a hablarme)”. Ya hablarle es insolencia, hacerse escuchar por el potente es ejercer un poder ilegítimo.
Con respecto a esta tripartición, ¿qué vamos a decir de la palabra que interpreta? Como analista, también estoy por estructura en una posición de superioridad. Me solicitan, como iban a Delfos a hacerse descifrar el destino por la pitonisa transportada. Vienen, como a pitonisa, a someter su palabra a mi examen. Un médico dice: “¡Desvístete! ¡Muestra el cuerpo!”. Un analista dice: “¡Habla!”.
Para el solicitante se trata de quitarse todo lo que ata la palabra, de relajar las exigencias del superyó, las inhibiciones, la buena educación; deponer las armas de la palabra que manda, y quedarse solamente con la palabra que demanda, que impone su queja. Por estructura, la interpretación analítica supone la disimetría de los interlocutores. Strachey hace del analista un “superyó auxiliar”, un nuevo trozo de superyó que va contra el superyó ya existente. Lacan, de manera más formalizada, ubica al analista en el lugar del amo.
Pero es un amo que no actúa como un amo. Esa es la paradoja constitutiva del acto interpretativo en el psicoanálisis: el analista dispone del poder de la palabra, y no lo utiliza ni para mandar, ni para enseñar, ni para esculpir al paciente según su propia imagen, ni para comunicar sus emociones y transmitir lo que lo divide. Por supuesto, hace todo esto, pero en tanto preliminar a lo que es su uso propio, peculiar, inédito de la palabra, es decir, interpretar.
Siento la interpretación como una práctica exquisita, que necesitaría de un tacto infinito, que no se confunde para nada con la buena educación. Lacan decía que no se podía analizar a los ricos porque no pueden pagar, pagar con algo que les cueste. Dudo que se pueda analizar a reyes y princesas, si se les debe respeto. Respeto es distancia, mientras que la palabra de interpretación se avecina a lo más íntimo sin respetar el encuadre, la ciudadela que protege a lo más arraigado del síntoma, a la libido que él tiene presa.
Toda interpretación es irrespetuosa, un analista puede ser civil, pero si se detuviera en la buena educación, no funcionaría. Actúa de manera inhabitual, y a veces hasta indelicada, pero con tacto, de manera dosificada, a la medida de lo que el otro puede soportar de la potencia de la palabra. Le corresponde ser delicado en la brutalidad misma de la interpretación, en el paso brusco de la cortesía al irrespeto que no apunta a sacudir al otro sino, en él, al viejo amo que comanda la repetición.
Se podría decir que la palabra de la interpretación se sostiene en un lenguaje que es metalenguaje puesto que toma como referencia, como objeto, la palabra del otro. Pero la estratificación del lenguaje objeto y del metalenguaje sólo es posible en la dimensión del escrito.
En el análisis, el intérprete no habla otra lengua que la del otro.
A la vez, dos locutores jamás hablan la misma lengua. Nunca una palabra tiene exactamente la misma significación para dos, o, por lo menos, la misma resonancia. Es la carga libidinal de las palabras la que determina la significación, y su distribución es siempre singular. Lo que se puede poner como denominador común, es solamente el sin-sentido: emblemas, señales, rituales, palabras vaciadas de significación.
Uno no sabe lo que quiere decir una palabra para el otro, el eco que encuentra en él, la resonancia, y, por esa misma razón, cuando uno habla a otro, nunca sabe lo que uno mismo dice.
Un analista debería ser una excepción. Debería ser el hombre que sabe lo que dice. Era el ideal de Monsieur Teste, de Paul Valéry. Pero seamos más humildes: un analista es el hombre –el ser-hablante– que sabe que nadie sabe lo que dice, el peso, el alcance de lo que dice. Es imposible para un analista refugiarse en un “No quise decir esto” cuando el otro interpreta la interpretación que le ha dado. ¡Es ridículo invocar su buena intención como uno es analista! ¡Invocar su buena fe! Como dice Lacan: “De todos los errores, el de buena fe es el más imperdonable”.
La buena fe supone otro que reconozca que no he deseado esto. El inconsciente significa que tú no sabes lo que deseas, que algo te queda velado para siempre en tu deseo. “Soy de buena fe” se interpreta como “No me hago responsable de las consecuencias”. Esa excusa, esa cobardía no está permitida a un analista. Lo que no sé de mi deseo, me lo enseñan las consecuencias de lo que digo.
“De nuestra posición de sujeto –dice Lacan– somos siempre responsables.” Es una tesis existencialista que se torna irónica en el psicoanálisis: somos responsables sin ser libres. Es decir: nuestras elecciones son forzadas.

sábado, junio 09, 2007

Ocultar el resplandor - Tao Te Ching

...
El cielo dura eternamente, la tierra permanece.
Eternos y permanentes porque no viven para sí mismos.
Por eso son eternos y duraderos.

Es así que el hombre sabio,
al ponerse en el último lugar, es el primero.
No pensando en sí mismo, se mantiene.
No buscando su bien, lo realiza.
...


Esas dos fueron estrofas de la obra Tao Te Ching, atribuida a Lao-Tse.

Es bueno aprender a ser como la hoja de una planta, por la cual se desliza una gota de rocío que, con el tiempo, perfora a la roca.

¡Adelante!

sábado, junio 02, 2007

Catecismo Buddhista

Estuve leyendo durante las dos semanas pasadas un libro de Henry S. Olcott: "Catecismo Buddhista". Debido a que yo asociaba catecismo con lo que conocía (como no podía ser de otra manera), que es lo que cualquiera que haya tomado la comunión conoce (como yo), y también debido a que si el título del libro es ese (no puede estar mal, es correcto, me planteé) busqué en el Diccionario de la Real Academia Española el significado de la palabra catecismo y éstas son las acepciones que arrojó:

1. m. Libro de instrucción elemental que contiene la doctrina cristiana, escrito con frecuencia en forma de preguntas y respuestas.

2. m. Obra que, redactada frecuentemente en preguntas y respuestas, contiene la exposición sucinta de alguna ciencia o arte.

3. m. catequesis (lugar o reunión donde se imparte la doctrina cristiana).


Y me di cuenta que el título del libro estaba usando la segunda acepción de la palabra.

Es interesante el encontrarnos en situaciones como esta, en la que una frase nos desubica, y más interesante es cuando investigamos si la desubicación fue causada porque estaba mal planteada la frase o porque nuestros conocimientos son limitados (¡cuántos no son conscientes de eso! ¡y sin serlo andan por el mundo afirmando cosas que no saben! -eso me incluye-)

Volviendo al tema del libro, de lo que trata el libro, voy a dejar unos pasajes del mismo:

1 PREGUNTA: ¿ A que religión [1] pertenecéis ?

RESPUESTA: A la Buddhista

2 PREGUNTA: ¿Qué es el Buddhismo o Budismo?

RESPUESTA: Es un conjunto de enseñanzas pre­dicadas por el gran personaje llamado Bud­dha [2]

3 PREGUNTA: ¿ Es la palabra" Buddhismo" la más adecuada para esta doctrina?

RESPUESTA: No. Esa palabra sólo es un término occidental. La palabra más adecuada es Bauddha Dharma.

4 PREGUNTA: ¿Llamarais buddhista a una perso­na meramente por haber nacido de padres buddhistas?

RESPUESTA: En modo alguno. Buddhista es aquel que no sólo profesa la creencia en que el Buddha fue el más noble de los Instructores, que cree en la Doctrina que Él predicó y en la Fraternidad de los Arhats, sino que practica Sus pre­ceptos en la vida diaria.

5 PREGUNTA: ¿Cómo se llama un buddhista va­rón, laico?

RESPUESTA: Upasaka.

6 PREGUNTA: ¿ y cómo una mujer buddhista?

RESPUESTA: Upasika.

7 PREGUNTA: ¿Cuándo se predicó primero esta doctrina?

RESPUESTA: Hay algún desacuerdo en cuanto a la fecha exacta; pero según las Escrituras de Ceilán, fue en el año 2513 del presente Kali­ Yuga [3]

8 PREGUNTA: ¿ Dadnos las fechas más importantes de la última vida del Fundador.

RESPUESTA: Nació bajo la constelación Visa en un martes, el mes de Mayo, en el año 2478 del Kali Yuga. Se retiró a las selvas en el año 2506; llegó a ser Buddha en 2513; y, saliendo del circulo de los renacimientos, entró en Paranir­vana en el año 2558, a la edad de ochenta años. Cada uno de estos acontecimientos ocurrió en un día de luna llena, por lo cual se celebran juntos el día del plenilunio del mes de Vaisakha o Wesak, que corresponde al mes de Mayo.

9 PREGUNTA: ¿El Buddha era Dios?

RESPUESTA: No. El Buddha Dharma no enseña que existiera encarnación "divina".

10 PREGUNTA: ¿Fue un hombre?

RESPUESTA: Sí; pero el más sabio, el más noble y el más santo. Se había desarrollado hasta aquel punto en el curso de innumerables nacimientos, poniéndose a la cabeza de todos los demás seres, exceptuando los anteriores Buddhas.

11. PREGUNTA: ¿Hubo otros Buddhas antes de él?

RESPUESTA: Sí, como se explicará más adelante.

12. PREGUNTA: ¿Era Buddha su nombre?

RESPUESTA: No. Buddha es el nombre de una condición o estado de la mente después de haber alcanzado el pináculo de su desarrollo.

13. PREGUNTA: ¿Cuál es su significado?

RESPUESTA: Iluminado, o bien el que tiene la perfecta sabiduría. La palabra pali es Sabbannu, el de Conocimiento ilimitado. En sánscrito es Sarvajña.

14. PREGUNTA: ¿Cuál era, pues, el verdadero nom­bre del Buddha?

RESPUESTA: Siddartha era su nombre real, y Gautama, su nombre de familia. Fue príncipe de Kapilavastu y perteneció a la ilustre familia de los Okkáka de la Raza Solar.

15. PREGUNTA: ¿Quiénes fueron su padre y su madre?

RESPUESTA: El Rey Suddhodana y la Reina Máyá, llamada Maha Maya.



[1] La palabra" religión" es de lo más inadecuado para aplicarla al Buddhismo, que no es una religión, sino una filosofía moral. Pero por el uso, se ha aplicado la palabra para de­signar la doctrina moral especial de los pueblos, y así la emplean en las estadísticas. Los Buddhistas de Ceilán nunca le han dado el significado de lo que implican los europeos en la construcción etimológica de la raíz latina de ese vocablo. En su credo no hay nada que "ligue", en el sentido cristiano, es decir, una sumisión o fusión del yo en un Ser Divino. Su palabra local para designar su relación con el Buddhismo y con el Buddha, es Agama, que es sánscrita pura y significa "aproximarse o llegar". Y como "Buddha" significa iluminación, la palabra compuesta con que designan el Buddhismo, es Buddhagama, que puede traducirse "aproximación o camino a la iluminación". Los misioneros, al encontrar a mano la palabra Agama, la adoptaron como equivalente de "religión"; y ellos llaman al Cristianismo, Christianagama, cuando debía ser Christianibandhana, pues bandhana es el equivalente etimológico de "religión". También a los buddhistas se les llama Vibhajja vada (el que analiza), y Advayavadi. Con esta explicación, continuaré empleando la palabra en favor del lector.

[2] Debe tenerse presente que, en Oriente, Buddhismo sig­nifica la "religión" de Buddha; mientras que Budhismo (con una d), significa Bodha, o Bodhi, sabiduría. (N. del T.)

[3] Empezó el año 3102 (antes de nuestra Era). - N. del T.




¡Que lo aprovechen!

Diego

lunes, marzo 12, 2007

Ser

En el libro "Una temporada con Lacan" Pierre Rey cuenta algo significativo para él. Dice que hablando con un amigo se dio cuenta de algo. Hablaban sobre la conocida frase pronunciada por Hamlet: "Ser o no ser, esa es la cuestión"; respecto de ella el amigo le hizo notar cómo cambiaba el sentido de la misma al mover la coma de lugar: "Ser o no, ser esa es la cuestión"

¿Qué piensan?